Monseñor Araya: “Dios ha tomado nuestras manos para estar cerca de la gente”

El martes 12 de abril monseñor Ricardo Araya presidió la Misa Crismal en la parroquia Nuestra Señora del Carmen de La Cumbre (Departamento Punilla). En esta celebración el obispo consagra el santo Crisma y bendice los óleos de los enfermos y de los catecúmenos. Concelebraron todos los sacerdotes de la Diócesis. Se hicieron presentes consagrados y consagradas, diáconos, seminaristas y fieles de distintos puntos de la Diócesis.

La Misa Crismal es la celebración que, cercanos a conmemorar la institución de la Eucaristía, reúne a todos los sacerdotes con su obispo para renovar las promesas que hicieron el día de su ordenación y recibir de sus manos los óleos empleados en la administración de los sacramentos. El santo Crisma con el que se unge a los recién bautizados, a los confirmados, a los presbíteros y obispos. El oleo de los catecúmenos es empleado en el bautismo y el de los enfermos en la unción de los enfermos.

Concelebraron con nuestro obispo Ricardo Araya, el obispo Marcelo Cuenca y gran parte de los sacerdotes que desempeñan su ministerio en la Diócesis, solo faltaban los que son impedidos a causa de su avanzada edad. Estaban presentes los diáconos permanentes y una buena representación de la diversidad de carismas a la vida consagrada que existe en la diócesis: monjas Abba Padre, frailes Capuchinos, Hermanas de la Misericordia, Hermanitas de la Paz, Orden de las Vírgenes y la hermana Theresa.

A continuación, la homilía que pronunció nuestro Obispo:

Homilía de monseñor Araya en la Misa Crismal 2022

La Cumbre, 12 de abril de 2022

Quisiera que desde esta orilla de la Diócesis podamos abrazar con el corazón a la Diócesis entera. A tantos hermanas y hermanos nuestros que viven en ella. Tengamos presente a Chancaní, a la escuela y capilla Ceferino Namuncurá de Pampa de Achala, a Los Cerrillos y La Ramada en los límites con San Luis. Bendecir los óleos significa estar pensando en la bendición que recibirán los que se bauticen, los que se confirmen, los que sean ungidos en su enfermedad, aquellos que sean consagrados en el ministerio sacerdotal.

Agradezco a la familia grande de esta Diócesis. Agradezco particularmente a los sacerdotes, con los que en estos años hemos ido construyendo una relación entre hombres consagrados al servicio del Pueblo de Dios. Desde esa relación quiero hablarles. La buena relación del obispo con su presbiterio, le asegura estar cerca de ustedes. Si el presbiterio es sano se hace posible la cercanía con todas las realidades. Si el presbiterio es sano se convierte en signo vocacional para los jóvenes que piensan en ser sacerdotes, no como un proyecto personal, sino como la escucha de un llamado que le hace Dios. Esa escucha es provocada de un modo especial si el presbiterio es capaz de vivir de un modo saludable.

El Concilio Vaticano II nos enseñó que la dignidad que nos da el bautismo precede a toda diferencia que hay entre los distintos miembros del Pueblo de Dios. Antes que ser obispo, sacerdote, diácono, consagrada, monje, monja somos Hijos de Dios por el bautismo. Todos somos hermanos. Y debemos querernos como hermanos en Jesús. Sintiéndonos hermanos, no solo llamados a ser hermanos, sintiéndonos Pueblo de Dios en esta diócesis particular.

Damos gracias al Padre Dios por el don del sacerdocio ministerial. Por este modo de participar del único sacerdocio de Jesucristo. Como sabemos el Jueves santo el Señor Jesús encomendó a los Doce la tarea sacerdotal de celebrar con pan y vino el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre hasta su regreso.

Dios nos hace un don, se da a sí mismo, y por ese don nosotros podemos ser suyos. Podemos ser su pueblo. Solo Jesús puede decir esto es mi Cuerpo esta es mi Sangre. Nosotros, los curas, somos seres humanos llenos de miserias, y solo por el sacramento del orden que hemos recibido podemos hablar con su “Yo”. Esto siempre nos llenará de admiración, siempre nos quedará absolutamente grande. Jesucristo ha querido y quiere ejercer su sacerdocio por medio de nosotros. Él es el Sacerdote, todos los demás somos ministros suyos.

Volvamos hoy al momento en el que Dios nos impuso las manos. Y por la oración del obispo nos hizo participes del sacerdocio ministerial. Con este gesto Dios nos dijo: “vos me perteneces. Estás bajo la protección de mis manos, dentro de mi amor infinito. Permanece en el hueco de mis manos y dame las tuyas. No te abandonaré. Vos no me dejes.

Dios quiso que nuestras se convirtieran en sus manos, cuando fueron ungidas con el óleo, signo de la fuerza del Espíritu Santo. Pongamos hoy de nuevo nuestras manos a su disposición y pidamos que nos vuelta a tomar las manos para que podamos hablar con su “Yo”, prestándole la voz y las manos. Jesús ha querido ponerse en nuestras manos para estar cerca de la gente.

El Evangelio dice que Jesús es El ungido y nos participa de su misión por su Espíritu. No nos la creamos. Él es el único maestro. Nosotros somos todos discípulos. Él es la Palabra. Nosotros somos un tibio eco. Lo que Él nos diga, eso diremos. Anunciaremos que está vivo y que tiene un proyecto de vida y de amor. La Semana Santa nos vuelve a decir a todos que la vida es más fuerte que la muerte y que el amor es mas fuerte que el odio. Anunciaremos que está vivo en el pan que consagramos, en la palabra que predicamos y en el pobre que abrazamos. Él nos va a encontrar en el enfermo, en el que está lejos, en cualquiera de nuestros jóvenes. Porque de lo que se trata es de compartir la alegría del Evangelio con todos.  

También necesitamos pedir perdón por todas las veces que nos anunciamos a nosotros mismos. Que no salimos de nuestro pequeño “yo”. Por las veces que pretendemos ser amigos del Maestro, pero no somos amigos de sus amigos. Perdón por las veces que le entregamos nuestras actividades, pero no le damos el corazón, lo que somos. Por las veces que permanecemos aferrados a nuestro propio interés y somos posesivos de las personas, de los grupos y de nuestros proyectos personales.

Que la participación del sacerdocio de Jesucristo no nos haga perder el gusto espiritual de ser pueblo, el gusto de ser de Dios y por eso de todo el pueblo, en cada una de nuestras comunidades, en cada rincón de esta maravillosa diócesis.

Ricardo Araya

Obispo de la Diócesis de Cruz del Eje

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